Carta de la socia y miembro de la Comisión de Admisión Dª MARÍA UGARTE BALLES

Queridos socios y asociados:

BESOS Y ABRAZOS

Soliloquio de una socia algo siesa

Si algo bueno ha traído la COVID-19 es el fin de los besos y abrazos indeseados. Por fin, y tras casi 60 años de verme obligada a darlos a diestro y siniestro, también a diestras y siniestras, quedo liberada de pasar por ese trance. Y me siento feliz.

De pequeños besamos, con cariño, a los parientes cercanos y, sin cariño alguno, a todos los amigos y conocidos de esos parientes.

De adolescentes no besamos a nadie, ni con cariño ni sin él.

De adultos besamos a la familia, mucho,

a los amigos sólo en las grandes despedidas y/o re-encuentros, pero con ganas,

y, tal y como me educaron a mí, a nadie más.

A los conocidos, a los desconocidos cuando nos son presentados y, por supuesto, a los colegas, clientes y demás contactos laborales se les estrecha la mano y, en función de la simpatía y complicidad, se añade o no una sonrisa al saludo.

Pero aquí, curiosamente, hay una salvedad: ser mujer. Si se es mujer, sin importar cuán siesa se sea, no basta con estrechar la mano. Una y otra vez se nos requieren los besos y los abrazos. Da igual el tipo de relación que exista entre besados, da igual que no exista relación alguna, incluso que no se tenga interés en promoverla o, peor aún, que se desee romper definitivamente cualquier tipo de contacto con la persona a besar. Me río escribiendo esto, pero prefiero olvidar las múltiples ocasiones en las que he tenido que besar a clientes o socios de uniones muy temporales y muy terribles tras negociaciones a cara de perro. Y, sí, nobleza obliga y se deben separar las emociones de los temas de trabajo; pero, si tras conocer a una persona y hacerte una opinión de ella y de su carácter, decides que, fuera del ámbito laboral, no irías ni siquiera a tomarte un café con ella, ¿por qué besarla?... aunque te lo pida. "It's not personal, it’s only business".

No todas las mujeres son cariñosas y rara vez lo son por obligación. Quizás la sociedad nos eduque para agradar (más que a los hombres). Quizás el instinto maternal nos lleve a ser el centro de atracción de la familia, a resultar besuconas para pareja e hijos y a necesitar algún achuchón de vez en cuando. Pero eso no es extrapolable al resto de las actividades de nuestra vida extra-familiar.

Así que, sí, me siento feliz. Gracias COVID-19.

Se me hará un poco raro, al principio, no poder siquiera estrechar la mano. Sentiré que vuelvo un poco a la adolescencia, a saludar con un HOLA y despedirme con un ADIÓS, acompañados de una sonrisa tímida, cuando no conozca mucho al saludado, y de una sonrisa cariñosa, cuando le conozca y le quiera.

Es esta última la sonrisa con la que entro siempre en la Sociedad Bilbaina; una sonrisa que se va ampliando a medida que avanzo por sus pasillos y salas, en la entrada, en el ascensor, frente al guardarropa, al llegar al comedor, a medida que voy encontrándome con todos, personal y socios. Si no a todos, a la mayoría los (re)conozco desde que tengo uso de razón y, por eso mismo, los aprecio como siendo parte de mi círculo más querido. Espero que a lo largo de todos estos años lo hayan notado y quiero creer que la cordialidad con la me reciben es muestra de ello.

Siesa, lo sé, aunque... es posible que el día que podamos volver a disfrutar de la Sociedad Bilbaina, que volvamos a encontrarnos, sea yo la que, por una vez, quiera repartir besos y abrazos.

María Ugarte Balles

SOCIA Y MIEMBRO DE LA COMISIÓN DE ADMISIÓN

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