Carta de D. Juan L. De la Cruz y Ramos

Queridos socios y asociados:

Muchos de vosotros me acompañáis durante este confinamiento. A través de pantallas grandes o pequeñas, siempre hondas, me acompañáis en el abrazo de la palabra. A veces, muchas veces, desde la palabra cómica. Aun más: irónica. A veces, muchas veces, desde la palabra triste. Aun más, dolorida. Pero siempre, siempre, me acompañáis -no podría ser de otra manera, dada vuestra bondad y vuestra inteligencia- desde la palabra esperanza. Aun más: desde la palabra amor.

Yo no he debido ser muy bueno a lo largo de, ya, tanta vida. Porque vivo solo. El confinamiento me ha emparedado solo. Doble confinamiento, pues. Por supuesto hay quien me quiere. De hecho, sé, hay muchos que me quieren. Muchos que me queréis. Pero no están. No me están. Por eso vuestras pantallas, hondas, y vuestras palabras, amor, son tan salvadoras para mí. Me rescatan de la soledad y me recuerdan la sociedad. La necesaria sociedad. Y me recuerdan, claro, nuestra Sociedad. Nostalgia. Promesa.

Tan sólo una vez se ha roto mi confinamiento. En verdad, no el confinamiento en sí, sino su testaruda soledad. Sí. Ya sé que está prohibida la movilidad. Que no se puede salir si no es por causa de gravedad suma. Yo no salí. Es cierto. Fue ella. La que vino. Fue ella la que me vino. Atendiendo, entiendo, lo que consideraba caso de suma gravedad. Fue ella la que quebró la soledad. Mi soledad. La que interrumpió -lo que dura un vuelo- mi encierro eterno.

Mi tiempo siempre es rico. Lo intento. Enriquecer el tiempo. Soy capaz de colmarlo. Lectura, escritura, pintura, música, cine, caleidoscopios. Me ocupo muy de veras en no perder el tiempo. Sabedor como soy, seguro, de que el tiempo se ocupa -por no hacer mudanza en su costumbre- de perderme. A mí. Por eso, durante el confinamiento, en el despacho de mi casa, pasan las horas, paso las horas, me pasan las horas entre esas tareas que me enriquecen. Lo intento.

Estando así, en mi despacho, un día -el ventanal de par en par- llegó ella. Entró. La libélula. Yo no soy entomólogo. Claro. Yo no sé si marzo, abril, es la época adecuada. Pero ella era una libélula. La libélula. Volando. Volándome. Sin moscardoneo. En primor de silencio amarillo y azul. Volando colores. Volando en mi soledad. Volándola. Volando ella y su palabra. La palabra libélula. Sin la palabra la libélula no existiría. Escucha, libélula, le dije: tantas eles, tantas alas. Escucha. Escúchate. Tu silencio. Sin la palabra, libélula, tú no volarías. No me volarías.

Voló algo más. Y se marchó. Claro. La belleza no dura. Aunque yo lo intento.

Juan L. De la Cruz y Ramos
PROFESOR UNIVERSITARIO UPV/EHU, USAC Y DEUSTO

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