Carta de D. IBON ARESO MENDIGUREN, socio, Alcalde Bilbao en 2014-2015 y Premio Dama Bilbaina 2014

Queridos socios:

La Junta Directiva me ha invitado a participar en las reflexiones “Seguimos en Sociedad” y lo voy a hacer sobre los 180 años que ahora celebra esta institución y el significado que para mí tiene en la historia de Bilbao.

Todos hemos tenido la oportunidad de conocer, vivir o participar en muchas de las profundas transformaciones que se han producido últimamente en nuestra Villa, pero una ciudad que no mantiene su alma, que son sus sentimientos, sus tradiciones, su identidad y su memoria, es una ciudad sin interés sin personalidad y a la que no te apetece amarla ni vivirla.

La esencia de Bilbao no sólo depende de su urbanismo y de sus barrios, sino que tiene que estar asimismo unida a las costumbres, a su cultura, a sus sentimientos e idiosincrasia y también a un conjunto de factores intangibles, que relacionamos como nuestra alma urbana entre las que se encuentran sus tradiciones e instituciones y para mí una de ellas y con mayúsculas es la SOCIEDAD BILBAINA.

La misma nació en los albores del otro momento, todavía más apasionante, que vivió la Villa y que podríamos denominar el siglo de oro de Bilbao, correspondiente a la transición del XIX al XX y que conformó un periodo de gran efervescencia en lo urbano, lo económico y lo social.

En esa época se crean nuestras principales instituciones educativas culturales y financieras como la Universidad de Deusto, el Teatro Arriaga, Santa Ana de Bolueta, el Banco de Bilbao, la Naviera Sota y Aznar, La Coral de Bilbao, el Conservatorio, la Bolsa, el Ferrocarril de Tudela a Bilbao, La Filarmónica, El Sitio, el Museo de Bellas Artes… Y sociedades más distinguidas o populares como La Bilbaina o el Athletic, ambas con una profunda raigambre inglesa.

La Bilbaina es la más antigua de todas ellas. Con su nacimiento el 15 de octubre de 1839, es la segunda entidad viva más antigua de la Villa de las que yo conozco. La más veterana sin duda, es la Cofradía de la Santa Vera Cruz, de 1553, casi coetánea del Consulado de Bilbao que se creó en 1511 por la reina Doña Juana.

No cuento al Consulado como otra institución antecesora, porque a regañadientes y por imperativo legal se vio obligada a disolverse y ser sustituida en 1886 por la actual Cámara de Comercio, Industria, Servicios y Navegación de Bilbao, que, aunque la consideramos su heredera, ésta no mantiene las competencias que el Consulado tenía como Autoridad Portuaria.

Si bien la Cofradía de la Santa Veracruz se constituye antes del fallecimiento de Juana la Loca en 1555, lo que a mí me parece la prehistoria de Bilbao, los 180 años cumplidos por La Bilbaina no están nada mal. Y para saber qué significa eso nos tenemos que remontar en el tiempo y decir que es casi tan antigua como la Revolución Francesa, -50 años de diferencia-, anterior a la guerra de la secesión americana, -Lo que el viento se llevó-, y que ha sobrevivido a tres guerras civiles, -incluidas dos carlistadas-, las guerras de Cuba y Filipinas, la crisis de 1929, la caída de varios reyes, el comienzo y el fin de dos repúblicas, y dos guerras mundiales… Casi nada.

Desde su atalaya del tiempo ha asistido y participado activamente, a través de sus socios más distinguidos, en las anexiones de las anteiglesias de Abando, Begoña y Deusto, y en el extraordinario proceso económico, social y urbanístico que convirtió aquella Villa de mercaderes y navegantes, -que en 1839 tendría unos 15.000 habitantes-, en la punta de lanza de la minería, la industria y el sector financiero vasco y estatal. También ha sido testigo y partícipe de la crisis y consecuente desmantelamiento de la vieja ciudad industrial y del nacimiento de este nuevo Bilbao que ahora disfrutamos.

La Sociedad Bilbaina se creó en aquella antigua Villa descrita por el Padre Henao a finales del siglo XVII, rodeado de “campos y collados tan poblados de robles, la mayor parte del año verdes, que no hay un palmo de tierra desocupado”, y repleto de “jardines, cultivados con grande esmero”, y “huertas, las cuales, sin otro riego que el del cielo, producen plantas, árboles y frutos regaladísimos”, …era el Bilbao representado por el Paseo de los Caños o el antiguo puente de San Francisco.

El posterior devenir histórico queda reflejado en el inmenso testimonio escrito y pictórico que engrosan la valiosísima Biblioteca y la importante colección de arte de esta institución.

De su origen remoto, da cuenta el hecho de que se instaló en la Plaza Nueva cuando ésta se hallaba en construcción, ya que la misma no fue terminada e inaugurada hasta el año 1851. Por ello es la decana en ese asociacionismo económico o cultural que a partir de esas fechas caracterizó a nuestra ciudad y antecedente de los lugares clásicos para el desarrollo de la sociabilidad bilbaína y de otros elementos de ocio que han conformado la crónica de nuestra Villa: el Casino de Artxanda, los toros y el marqués de Villagodio, El Teatro-Circo del Ensanche, el Club Deportivo…, pero también de la sociabilidad informal como eran las tabernas con debates chirenes o de mucha enjundia y los cafés que mantenían tertulias de altos vuelos.

De la mano de esta referencia a los establecimientos hosteleros y a la cocina de la época, −representada por El Amparo, La Marquesa de Parabere, Florentina Inchausti, la markinesa Nicolasa Pradera de Casa Nicolasa y un largo etcétera y sus platos clásicos: el bacalao al pil pil o a la vizcaína, la merluza en salsa verde, los chipirones en su tinta, las angulas…−, quiero hacer notar la importante relación que nuestra institución ha tenido históricamente con una excelente gastronomía, -se dice que María Mestayer de Echagüe, la citada Marquesa de Parabere, comenzó a interesarse por dominar la cocina para tratar de evitar que su marido se fuera, un día sí y otro también, a disfrutar de los comedores de esta sociedad.

En este capítulo hay que recordar de forma especial a uno de sus más ilustres cocineros Alexandre Caverivière, chef galo pero de adopción bilbaína, a quien lo mismo que a su compatriota Juan Carbonell, el ladino francés que puso una peluquería, se les podía aplicar como ya saben ustedes, aquello de que un bilbaíno nace donde le da la gana. No sólo dominó los platos y salsas de nuestro recetario tradicional, sino que en primer lugar incorporó al mismo el ya legendario bacalao Club Ranero y en segundo lugar fue también nuestro Auguste Escoffier local practicando una cocina de altos vuelos.

La Bilbaina por su extraordinaria raigambre y su importante contribución cultural, social y representativa de muchos de los valores que han sido tradicionales en la Villa a lo largo de su dilatada historia, forma parte por derecho propio de ese hilo conductor y de esas raíces que debe tener toda ciudad que se precie.

Además, constituye una parte indisoluble de ese conjunto de hechos, costumbres, edificios y espacios, instituciones, sentimientos, idiosincrasia, e incluso de esas fechas tan nuestras y tan tradicionales que van marcando el paso de los días del calendario, -Santo Tomás, San Blas, Santa Águeda…-, y que, con independencia de las distintas evoluciones urbanas y sociales, son una constante, como un alma dentro de un cuerpo que va cambiando y que yo denomino la bilbainía.

Entre mis vivencias de carácter más personal, no voy a relatar los innumerables actos y recepciones a los que he asistido, pero si aquellos que perduran de una forma más entrañable en mi memoria y que curiosamente todos tienen alguna relación con su actividad gastronómica.

En primer lugar, suele ser frecuente preguntar a una persona si recuerda donde estuvo en el momento en el que se enteró de algún acontecimiento de especial importancia. Pues bien, yo recuerdo perfectamente que fue en el comedor de La Bilbaina, donde estuve almorzando con algunas de las figuras de la ópera que había traído la ABAO para la representación que correspondía a la inauguración de su temporada, el lugar en el que conocí los sucesivos atentados del 11 de septiembre contra cada una de las Torres Gemelas y donde fuimos recibiendo noticias de un acontecimiento tan histórico y tan trágico.

También alguna comida importante como cuando estábamos gestionando la implantación en Bilbao del Museo Guggenheim. En las ocasiones en las que hemos tenido que agasajar a alguna persona o institución, ir a La Bilbaina era un valor seguro y diferente a llevarles a un restaurante, por su poso, su caché y constituir un marco tan señorial y lleno de solemnidad.  O hace menos de un año, la comida de celebración del nombramiento de los nuevos Cónsules de Bilbao.

Otro momento gratificante pero más frecuente, eran las cenas o comidas a las que asistía como Presidente del Consorcio de Aguas, acompañando a los remeros que se habían disputado la regata Ingenieros-Deusto, a fin de que repusieran fuerzas y celebraran un acto de confraternización similar a eso que en el rugby llaman el tercer tiempo. Siempre tenían el mismo menú que comenzaba con una extraordinaria porrusalda con sacramentos y finalizaba con ese helado, cubierto de merengue en forma de soufflé, horneado y flambeado sin derretirse ni una gota.

Pero el momento del que guardo mi más grato recuerdo, es sin duda la cena en la que, abrumado, recibí la distinción y la muestra de cariño que supuso la concesión de la DAMA BILBAÍNA. A lo largo de mi vida he recogido diversos premios relacionados con la profesión, el urbanismo o con mi labor en la Administración. Pero ninguno es tan importante como el que se te concede desde fuera de tu quehacer y de tu mundo, por la sociedad civil. Es el mayor orgullo y el mayor reconocimiento que puedes tener, por su importancia y por la admiración que siento hacia quienes también se les ha otorgado este reconocimiento. Además, es una distinción llena de la más auténtica bilbainía.

Deseo finalizar felicitando al Presidente y a la Junta Directiva por saber mantener el ejercicio de la sociabilidad propia de la institución mediante esta iniciativa “Seguimos en Sociedad”, ante la limitación de las actividades más habituales por motivo de la pandemia que padecemos. En cualquier caso, estoy seguro que este paréntesis temporal no dejará una mayor huella en su devenir, como tampoco lo hizo la que fue denominada gripe española, que en Bilbao alcanzó una tasa bruta de mortalidad de 8,4 por 1.000 habitantes. Además, hoy en día esta institución no está protegida por San Lucas, patrón de la medicina, sino por alguien más terrenal y mucho más próximo como la Academia de las Ciencias Médicas con quien mantiene estrechos lazos de colaboración.

Felicito a Bilbao, ya que una ciudad, -como todas las que pretenden ser algo en este mundo-, debe abrirse a lo global, evolucionar y mirar al futuro, pero también requiere, disponer de unos sólidos cimientos que nos proporcionen identidad y pertenencia y la Villa tiene la suerte de contar con esta institución de tanta raigambre, que ha contribuido y contribuye muy notablemente en ambos aspectos, siendo además agente activo de su evolución.

Y felicito también a la institución, la “Sociedad Bilbaina”. Su creación cuando la Villa apenas tendría unos 15.000 habitantes fue una auténtica bilbainada. Y desde el comienzo lo hizo con ambición y visión de futuro, instalándose inicialmente en lo que iba a constituir el primer ensanche de las Siete Calles, -la Plaza Nueva en construcción-, para saltar después a su actual ubicación en el magnífico edificio de Emiliano Amann, que junto con el inmueble de Metro Bilbao constituyen la puerta de entrada desde el Bilbao histórico al nuevo Bilbao que nacía: El Ensanche. Por ello y por el tesón que ha demostrado desde que fue fundada, le auguro un futuro brillante de otros 180 años, que en definitiva es de lo que se trata.

Ibon Areso Mendiguren

SOCIO, ALCALDE DE BILBAO EN 2014-2015 Y PREMIO DAMA BILBAINA 2014

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